lunes, 7 de febrero de 2011

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T. conoció a O. en el ambiente escolar, aunque tardaron un tiempo en llegar a hablarse. Empezaron a hacerlo en segundo curso, en septiembre (y digo “hablar” en un sentido amplio, puesto que anteriormente se limitaban a saludarse como simples conocidos, cosa que cambió a partir de entonces).
A partir de ese momento, fueron inseparables... por un tiempo.
Sus pensamientos fluían por distintos ríos, pero navegaban a un mismo ritmo, el cual se encontraba muy lejos del compás de sus amigos y compañeros. Un ritmo sereno, regular y apaciguado, pero musical y armonioso a su vez.
Fueron dos pequeños ríos que se juntaron en uno.
Los días pasaban entre risas, reflexiones y demás, y ese lazo que les unió se empezó a hacer más y más fuerte.
Eran invencibles. O eso era lo que T. pensaba.
Los meses venideros trajeron a O. muchísimos problemas que le llevaron a la desesperación. T. pasó con él todos sus quebraderos de cabeza, como si esos pertenecieran a ambos. O., al no encontrar solución a aquellos problemas, empezó a cambiar.
El cambio fue pequeño y casi imperceptible al principio. Aún así, T. fue capaz de percibirlo, y advirtió a O. de que aquellos actos no iban a solucionar las cosas. O. lo sabía perfectamente, y prometió a T. que todo aquello no iba a durar demasiado.
Pero parece ser que duró más de lo previsto.
O. pudo solucionar aquello que le torturaba y que le cegaba con una pasión infinita los sentidos. O al menos, parecía que lo había solucionado, pero al poco tiempo los conflictos volvieron a atravesarle. Y aquella vez no fue como la anterior.
Y entonces, en los ojos de O. se empezó a dibujar una tristeza profunda e irreversible que no encontraba fin. T. intentó hacer todo lo que pudo por aquel que era como un hermano, pero todo no era suficiente.
Y las cosas se empezaron a torcer cada vez más.
O. estaba fuera de control y T. no sabía qué hacer. Y en realidad, no sabía qué hacer porque no había ya nada que hacer.
En esta historia también debemos incluir a I., que era gran amiga tanto de O. como de T., y vivió el sufrimiento de ambos como el suyo propio. Tanto I. como T. hacían lo posible por curar el daño de O., pero ese daño era tan descomunal que acabó consumiendo a ambas. O. también se consumía, pero no quería aceptarlo.

La locura de O. llegó a puntos extremos y se apoyó en vicios para sacar esa locura de sus pensamientos. Pero el olvido que conseguía era momentáneo, fugaz, y al poco tiempo volvía a encontrarse sumergido en su miseria. Al verse así, su mente interpretó que si aquellos vicios horribles le aportaban pequeñas dosis de felicidad, debía aumentar la cantidad de éstos para aumentar también su bienestar.
Pero no era así. No lo era, y T. siempre pensó que O. lo sabía, pero no lo quería ver.
Aquel dolor consumió a los tres como el fuego consume a las velas. Entonces apareció D., quien dijo con un dolor profundo a T.: “Ya has perdido a O., y no creo que vuelva jamás”.
T. sintió un gran pesar en el pecho, y únicamente pudo contestar con unas amargas lágrimas. Aquello que parecía tan simple era algo que T. sabía de sobras, pero se negaba a pensar que había perdido a alguien tan importante como a O.
A pesar de ello, tuvo que aprender a aceptarlo. Y poco a poco, tanto T. como I. se fueron alejando de aquel que había significado tanto en sus vidas.

Al cabo de un largo tiempo, sus heridas fueron sanando, y cada vez se fueron apartando más de O., como quien poco a poco deja de escribirse.
Un cambio imperceptible al principio, sí. Pero las cosas pequeñas acaban creando algo grande, algo frío. Igual que le había pasado a O.
T. e I. vieron cómo O. seguía despedazando su vida, pero entendieron que no podían hacer más de lo que habían hecho. Y con gran dolor, fueron alejando al actual O. de sus pensamientos, quedándose únicamente con el O. que recordaban con cariño.



Actualmente, ni T. ni I. hablan con O., puesto que O. es una persona completamente diferente encerrada en el cuerpo de aquel chico de antaño. Y aún sabiendo todos los destrozos que O. está haciendo con aquello que fue su vida, T. e I. no pueden evitar echar la vista atrás con nostalgia, recordando aquellos días felices que se fueron borrando bajo sus pasos.

5 comentarios:

  1. Cómo cambian las personas....



    http://www.youtube.com/watch?v=BsaCyWpRMCI

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  2. cambian. a mejor o a peor solo depende de ellas y no sé si de un puñado de vicisitudes más.

    besos,

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  3. Puede ser un buen guión para empezar a desarrollar una historia mucho más larga y detallada. El tema es interesante y trata un problema que es más frecuente de lo que uno se imagina. Todo es ponerse, Judith, la historia promete.
    Cuando busco libros siempre termino pensando que hacen falta historias cotidianas con nombres españoles y escritas por autores contemporáneos de habla hispana.

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  4. qe verdad Judith,que gran verdad..
    O se tendria que dar cuenta de lo que a T y I les importa pero como jamás se dara cuenta hay lo dejamos


    tekiero muchisimo

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  5. La verdad es que consideré esa opción, ya que tengo historias de este tipo para dar y vender.. así que sólo es cuestión de ponerse... :)


    Qué bien lo sabes, Virginia... qué bien lo sabes... :P
    Es mejor dejar las cosas así ;)
    ¡Te quiero muchísimo!

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