martes, 15 de noviembre de 2016

23.53



Entendí lo sencillo que podía ser cada mecanismo; cómo el tacto implicaba en sí mismo la instantánea destrucción de la huella; cómo a veces no la profundidad, sino la superficie del ojo podía contener la única revelación posible.

los habías cerrado momentáneamente y sin embargo
ya es de día
es de día ya y tú has tomado el desvío necesario
derecha, izquierda, pausa, frío en la superficie plantar de los pies
derecha, izquierda, el impulso sólido de la base
solo había sido un momento que se prolongó a lo infinito y es de día ahora
con todo lo que supone el centro de la luz, con todo
lo que creías seguro bajo esa superficie, pero has tomado el desvío
inevitable
cegada ante el abrupto y luminoso reverberarse de un espejismo lumínico
derecha, izquierda, derecha, izquierda, te adentras
en el prosaico desconocimiento de todos los días

o en su misterio

Había cedido con todas mis fuerzas, pero había cedido.

y lo has visto de nuevo
esa cárcel, esa cárcel de cuerpos que se unifican en uno solo 
esa cárcel que ha encerrado en ella tu nombre para llamarse a sí misma
y que camina pesada como saliva en la boca
y que te exprime los pulmones y revienta
una a una tus costillas, esa
ha encendido sus luces por un momento
sus pasillos iluminados, el tacón ligero de unos pasos
lo has visto
has visto la chispa centelleante dando forma, instantáneamente, a todas las cosas
la formulación del rostro en la sombra
y eres culpable

Yo o la sombra de mí misma. El cuerpo opaco temblaba aterrorizado por la espesa y oscura luz proyectada y viceversa, temiéndose ambos con el estruendo de mil noches especulares. El pulso era un latido de mares prolongándose en el centro de un río de sangre, y no hay cabida para el uno en el otro. Irreconciliables entre sí, sombra y cuerpo no alcanzado. Irreconciliables.

era un volcán de sangre o eso crees tú
debía serlo por las dimensiones de cada glóbulo como magma solidificada
besando, desgarrando las paredes de las sienes
extendiéndose hacia tu mandíbula, chorreando lava detrás de tus ojos
debía serlo pero nadie te lo aseguraba
porque qué allí, qué en el revés de la verdad, en
la otra cara
tras la palma de las manos

Yo o la otra. Las muchas otras. La habitación está llena de espejos que no están, pero proyectan múltiples imágenes de todas ellas, de mí, la otra, las otras. Su movimiento palpitante gravita en la noche. Nadie lo sabía, pero todos los ojos eran grises, verdes, azules, pesadamente negros en sus centros y en su perfección geométrica; irreconciliable beso triangular de pétalo y espinas, de ti y la otra, las otras.

pero si traes una rosa y aprietan tus manos
para el cortejo de la piel y la espina
sangre en tu carne, no pétalos
la rosa no, no
esa rosa
si las aprietan y las venas cantan sin por qué la canción de los siglos sin tu garganta
y ya nunca más tu voz vibrando el aire
más ya no el latido profundo de tu cuello, profano
como aquellas noches de muslos acuáticos
como el instante de muerte solapado
al orgasmo, cinturas plásticas
si aprietan tus manos contra la rosa
y ella trae el canto a ti hasta disolverte tú
en su canto
si tu sangre los pétalos ahora

blanco el amor como el pecado, tus venas
forman la rosa

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