jueves, 5 de enero de 2017

2.47

La enorme pupila de la noche ahogó el pulso blanco de la luna. Había soñado entonces, como tantas otras veces, con aquellos destellos de silicio que parecían escurrirse desde la muñeca hasta los finos márgenes de los dedos. Nunca logré retenerlos. Aparecía siempre en la plenitud de mis esfuerzos aquella mujer con ojos como puñales y recogía el líquido, que seguía resbalando pesadamente por mis manos sin que yo pudiera remediarlo. Su voz, como un cántico, me inundaba mientras persistía en su secreta labor; entendía no sus palabras, sino su tono. El veneno amargo, dulcísimo veneno de aquel tono que me llenaba los oídos y que se deslizaba calmado y letal como sangre por las venas. Ella, que parecía comprender los movimientos entrecortados de mis dedos, continuaba su ritual mientras asentía como respuesta, tal vez, a mis débiles impulsos. Creo que aquella noche intenté articular alguna palabra. A decir verdad, no podría asegurar si fue esa noche en concreto, o la previa a esta, o quizá todas ellas; cada noche puede haber sido la misma sin que yo lo llegue a saber jamás. Lo único cierto es que quise desentrañarme a través de mi propia voz. Y fracasé.
Los destellos me cegaban. Resbalando, resbalando siempre a través de mis manos hacia las suyas, como si yo resbalara también hasta ella y mi realidad se hiciera extensible para alcanzar su cuerpo. Un proceso extrañamente cálido desde el que asistir, cuando mis pupilas se ahogaban también en aquel ojo inmenso de obsidiana, a la lenta forja de un vínculo inexplicable que solo tenía validez en la paradójica instantaneidad del tacto.
Un vínculo anterior, quizá, al propio sueño.
Pero en su fragua siempre hubo algo pausadamente turbio que traspasaba los finos límites de ambas pieles; un hálito atroz e inmaculado, como la contemplación de la destrucción y su capacidad incomprensible para conservar reminiscencias de una cierta e inalterable belleza. Blanquecina hermosura de la sordidez -pensaba durante todas aquellas noches que siempre fueron una-, diluyéndose lentamente en la espesura de la sangre.
Seguía latiendo algo metálico en todo aquello, como una vena más oscura, incluso, que todos los sueños anteriores al sueño mismo. Pero yo no podía temer ningún mal, porque, cegada por él, era incapaz de verlo o de intuir sus formas.
Tan mías.