lunes, 10 de junio de 2019

jueves, 15 de noviembre de 2018

1.20 [HC/S]

Si acaso poder ser en el no, en lo nunca,
donde las palabras habrán de darme nada
(no puedo reconocerme. ¿Y caer?).
Una mano de sombra se abre paso entre las cenizas. Jamás poder ser.
No arderse ya, oscuras;
no arderse hasta decir la nada
que habrán de darme. Balcones
(reflejo de reflejo de reflejo de),
donde antes el instante entre los labios dilatando la noche.
Tensar la cuerda.
Palabras vibrando el aire, altas, sonoras:
no.
Solo desde mí mi sangre que no es mía, mi sangre
cuando ya he negado
mi existencia
(pero caer).

Nacerse, debería, pero la tierra
se distancia de esta tierra. Nunca revertirse a sí misma,
solo ir hacia
(no habitar la transparencia. Una nada giratoria
en los bordes de la nada. Yo, de ella,
para ella
). Debería
(pero).
Volver o arderse, todo me llevará al mismo punto.
Circundando
hasta el mañana todavía.
Caer.



Alcanzo el espejo y su prolongada transparencia.
Solo puedo serme.
Aun así

(y me contemplo)

martes, 30 de octubre de 2018

domingo, 24 de junio de 2018

21.57 [1]

sin aire encadenándote a esta prisión
fría, te hundes
en el duro vientre de la tierra

sábado, 9 de junio de 2018

20.36 [10-2]



Hacia qué flor de tu sangre,
hacia qué muerte cabalgas
sobre el vacío, jinete de nada.
Para el aire tu cuerpo, y en los siglos
los pétalos brotando aún de tu boca (ausencia
espejada, sombra,
sombra,
sombra); tus miembros
exhumados, insepulto, Dios disuelto
en su propia mirada.
Atravesado por el filo eterno,
negro tú, solo,
al borde
de la sombra.

Hecho para la tierra, dijiste. 
Por qué el cielo, entonces.
Hasta cuándo las blancas manos del tiempo,
hasta dónde tú
frente a tu sombra.

lunes, 31 de julio de 2017

[S.]



Rechazó toda compañía -incluido el propio vigía- y se enfrentó, solo, a la gran tiniebla del mundo, a la enorme y oscura pregunta de lo desconocido. Se sintió solo bajo la inmensidad de un cielo que parecía ignorar o despreciar palabras o memoria, que anulaba o reducía a la nada innumerables sabidurías anteriores -presentidas, leídas, o totalmente desconocidas- ... Un escalofrío le atravesó, como un rayo. Si no hubiera tenido tan clara conciencia de haber nacido Rey, se habría arrodillado.
Encarado a la oscuridad, sólo una palabra acudió a su mente, tan inquietante como arrinconada: «Dios».

Ana María Matute

[chipping at the devil till he's done]

viernes, 26 de mayo de 2017

jueves, 25 de mayo de 2017

4.02

Volver, nosotros, para arder en el aire
como pájaro o palabra.
Si fuéramos solo después del fuego, decías,
mientras te adentrabas -tenue,
transparente imagen de ti
sin nada tuyo que la sobreviva-
en la plenitud de la llama que se calcina a sí misma;
llama sola, tú. Como rosa
sin porqué.

Sumergirse en el centro de la luz, entonces; descenderte
a la noche
sin saber que su sombra se extendía ya
sobre la suspensión absoluta de tu ausencia.
Rosa sola, tú. Tu voz
frente al silencio donde ardía.

Volverte.
Y, solo al fin, desde las cenizas
volvernos, otros.
Sin porqué.

martes, 7 de febrero de 2017

Primera memoria

"Jorge no era como lo habíamos imaginado. No era ni el dios, ni el viento, ni el loco y salvaje huracán del que hablara es Mariné, el Chino y Borja mismo. Jorge de Son Major era un hombre cansado y triste, cuya tristeza y soledad atraían con fuerza. Viéndole, oyéndole hablar, mirando su cabello casi blanco, sentí que amaba aquel cansancio, aquella tristeza, como nunca amé a nada. Acaso porque poseía cuanto yo deseaba. Aquella precipitada huida, la pena por Kay y Gerda, por Peter Pan y la Joven Sirena, me parecían salvadas. Porque encontraba en el cansancio de Jorge algo como un regreso mío en él hacia un lugar que ni siquiera sabía nombrarme. Verle allí, con su raída chaqueta de marino, en el jardín amurallado, Jorge de Son Major, refugiado en oscuras rosas, en recuerdos. Deseaba alcanzar, beber sus recuerdos, tragarme su tristeza («gracias, gracias por tu tristeza»), refugiarme en ella para huir, como él, hundida para siempre en la gran copa de vino rosado de su nostalgia, que me invadía mágicamente. Con las cenizas esparcidas del Delfín, regando flores. Aquello -me dije- tal vez era lo que los adultos llamaban el amor. No podía saberlo, pues nunca había amado a nadie. No me atrevía a moverme para que su brazo no se deslizara de mis hombros, para no perder aquel brazo, como si fuera todo lo que me unía a la vida. Deslumbrada por su vida ya completa, quizá por su ausencia de esperanza. Acaso lo único que él aguardaba fuese la visita de la Dama Negra, y yo (pobre de mí, insignificante criatura con mis vacíos catorce años, ¿cómo podría enterarle de que ya no era como Kay y Gerda?) tal vez podría servirle como una muerte pequeña. Desesperada, miraba su cabello blanco y suponía su corazón encerrado tras la vieja chaqueta azul, como un montón de cenizas, igual que el Delfín. ¡Si yo pudiera alcanzar su tristeza y su cansancio, apoderarme de ellos como una pequeña ladrona! Y un dolor vivísimo me llenaba, a un tiempo que un terrible y desesperado amor, como no he sentido después, jamás."

Ana María Matute