martes, 7 de febrero de 2017

Primera memoria

"Jorge no era como lo habíamos imaginado. No era ni el dios, ni el viento, ni el loco y salvaje huracán del que hablara es Mariné, el Chino y Borja mismo. Jorge de Son Major era un hombre cansado y triste, cuya tristeza y soledad atraían con fuerza. Viéndole, oyéndole hablar, mirando su cabello casi blanco, sentí que amaba aquel cansancio, aquella tristeza, como nunca amé a nada. Acaso porque poseía cuanto yo deseaba. Aquella precipitada huida, la pena por Kay y Gerda, por Peter Pan y la Joven Sirena, me parecían salvadas. Porque encontraba en el cansancio de Jorge algo como un regreso mío en él hacia un lugar que ni siquiera sabía nombrarme. Verle allí, con su raída chaqueta de marino, en el jardín amurallado, Jorge de Son Major, refugiado en oscuras rosas, en recuerdos. Deseaba alcanzar, beber sus recuerdos, tragarme su tristeza («gracias, gracias por tu tristeza»), refugiarme en ella para huir, como él, hundida para siempre en la gran copa de vino rosado de su nostalgia, que me invadía mágicamente. Con las cenizas esparcidas del Delfín, regando flores. Aquello -me dije- tal vez era lo que los adultos llamaban el amor. No podía saberlo, pues nunca había amado a nadie. No me atrevía a moverme para que su brazo no se deslizara de mis hombros, para no perder aquel brazo, como si fuera todo lo que me unía a la vida. Deslumbrada por su vida ya completa, quizá por su ausencia de esperanza. Acaso lo único que él aguardaba fuese la visita de la Dama Negra, y yo (pobre de mí, insignificante criatura con mis vacíos catorce años, ¿cómo podría enterarle de que ya no era como Kay y Gerda?) tal vez podría servirle como una muerte pequeña. Desesperada, miraba su cabello blanco y suponía su corazón encerrado tras la vieja chaqueta azul, como un montón de cenizas, igual que el Delfín. ¡Si yo pudiera alcanzar su tristeza y su cansancio, apoderarme de ellos como una pequeña ladrona! Y un dolor vivísimo me llenaba, a un tiempo que un terrible y desesperado amor, como no he sentido después, jamás."

Ana María Matute

jueves, 5 de enero de 2017

2.47

La enorme pupila de la noche ahogó el pulso blanco de la luna. Había soñado entonces, como tantas otras veces, con aquellos destellos de silicio que parecían escurrirse desde la muñeca hasta los finos márgenes de los dedos. Nunca logré retenerlos. Aparecía siempre en la plenitud de mis esfuerzos aquella mujer con ojos como puñales y recogía el líquido, que seguía resbalando pesadamente por mis manos sin que yo pudiera remediarlo. Su voz, como un cántico, me inundaba mientras persistía en su secreta labor; entendía no sus palabras, sino su tono. El veneno amargo, dulcísimo veneno de aquel tono que me llenaba los oídos y que se deslizaba calmado y letal como sangre por las venas. Ella, que parecía comprender los movimientos entrecortados de mis dedos, continuaba su ritual mientras asentía como respuesta, tal vez, a mis débiles impulsos. Creo que aquella noche intenté articular alguna palabra. A decir verdad, no podría asegurar si fue esa noche en concreto, o la previa a esta, o quizá todas ellas; cada noche puede haber sido la misma sin que yo lo llegue a saber jamás. Lo único cierto es que quise desentrañarme a través de mi propia voz. Y fracasé.
Los destellos me cegaban. Resbalando, resbalando siempre a través de mis manos hacia las suyas, como si yo resbalara también hasta ella y mi realidad se hiciera extensible para alcanzar su cuerpo. Me resultaba extrañamente cálido aquel proceso. Era prácticamente como asistir, cuando mis pupilas se ahogaban también en aquel ojo inmenso de obsidiana, a la lenta forja de un vínculo inexplicable que solo tenía validez en la paradójica instantaneidad del tacto.
Un vínculo anterior, quizá, al propio sueño.
Pero en su fragua siempre hubo algo pausadamente turbio que traspasaba los finos límites de ambas pieles; un hálito atroz e inmaculado, como la contemplación de la destrucción y su capacidad incomprensible para conservar reminiscencias de una cierta e inalterable belleza. Blanquecina hermosura de la sordidez -pensaba durante todas aquellas noches que siempre fueron una-, diluyéndose lentamente en la espesura de la sangre.
Seguía latiendo algo metálico en todo aquello, como una vena más oscura, incluso, que todos los sueños anteriores al sueño mismo. Pero yo no podía temer ningún mal, porque, cegada por él, era incapaz de verlo o de intuir sus formas.
Tan mías.

domingo, 4 de diciembre de 2016

1.12 [e]


no desde la palabra ni el silencio
habías de desaparecerte de ti para volverte
a tu propia sangre, espacio
donde quizá el tacto
o el temblor que lo sobreviva
[I can't walk on the path of the right 'cause I'm wrong]

martes, 29 de noviembre de 2016

F.

"—¿Te acuerdas de esas flores que había en la isla? —Fushía brinca en el sitio, como un monito lampiño y colorado—. Esas amarillas que se abren con el sol y se cierran al oscurecer, ésas que los huambisas decían son espíritus. ¿Te acuerdas?
—Me voy aunque llueva a torrentes —dice Aquilino—. No dormiré aquí.
—Así, igualito que esas flores —grita Fushía—. Se abren con el sol y sale baba, eso es lo que apesta Aquilino. Pero hace bien, ya no pica, uno se siente mejor. Nos ponemos contentos y no nos peleamos.
—No grites tanto, Fushía —dice Aquilino—. Mira cómo se ha nublado el cielo, y está corriendo tanto viento. La monja dijo que eso te hace daño, tienes que regresar a tu cabaña. Y yo me voy de una vez, mejor.
—Pero nosotros no sentimos ni con el sol ni cuando está nublado —grita Fushía—, nunca sentimos nada. Olemos lo mismo todo el tiempo y ya no parece que apestara, sino que así fuera el olor de la vida. ¿Me entiendes, viejo?"

Mario Vargas Llosa

lunes, 28 de noviembre de 2016

6.27

abriéndote en el beso de la sangre
hasta adentrarte
lenta, semejante a la noche

viernes, 25 de noviembre de 2016

2.51

vibrando en tu pulso tan blanco
por venir tú, sin tiempo

martes, 15 de noviembre de 2016

23.53



Entendí lo sencillo que podía ser cada mecanismo; cómo el tacto implicaba en sí mismo la instantánea destrucción de la huella; cómo a veces no la profundidad, sino la superficie del ojo podía contener la única revelación posible.

los habías cerrado momentáneamente y sin embargo
ya es de día
es de día ya y tú has tomado el desvío necesario
derecha, izquierda, pausa, frío en la superficie plantar de los pies
derecha, izquierda, el impulso sólido de la base
solo había sido un momento que se prolongó a lo infinito y es de día ahora
con todo lo que supone el centro de la luz, con todo
lo que creías seguro bajo esa superficie, pero has tomado el desvío
inevitable
cegada ante el abrupto y luminoso reverberarse de un espejismo lumínico
derecha, izquierda, derecha, izquierda, te adentras
en el prosaico desconocimiento de todos los días

o en su misterio

Había cedido con todas mis fuerzas, pero había cedido.

y lo has visto de nuevo
esa cárcel, esa cárcel de cuerpos que se unifican en uno solo 
esa cárcel que ha encerrado en ella tu nombre para llamarse a sí misma
y que camina pesada como saliva en la boca
y que te exprime los pulmones y revienta
una a una tus costillas, esa
ha encendido sus luces por un momento
sus pasillos iluminados, el tacón ligero de unos pasos
lo has visto
has visto la chispa centelleante dando forma, instantáneamente, a todas las cosas
la formulación del rostro en la sombra
y eres culpable

Yo o la sombra de mí misma. El cuerpo opaco temblaba aterrorizado por la espesa y oscura luz proyectada y viceversa, temiéndose ambos con el estruendo de mil noches especulares. El pulso era un latido de mares prolongándose en el centro de un río de sangre, y no hay cabida para el uno en el otro. Irreconciliables entre sí, sombra y cuerpo no alcanzado. Irreconciliables.

era un volcán de sangre o eso crees tú
debía serlo por las dimensiones de cada glóbulo como magma solidificada
besando, golpeando, desgarrando las paredes de las sienes
extendiéndose hacia tu mandíbula, chorreando lava detrás de tus ojos
debía serlo pero nadie te lo aseguraba
porque qué allí, qué en el revés de la verdad, en
la otra cara
tras la palma de las manos

Yo o la otra. Las muchas otras. La habitación está llena de espejos que no están, pero proyectan múltiples imágenes de todas ellas, de mí, la otra, las otras. Su movimiento palpitante gravita en la noche. Nadie lo sabía, pero todos los ojos eran grises, verdes, azules, pesadamente negros en sus centros y en su perfección geométrica; irreconciliable beso triangular de pétalo y espinas, de ti y la otra, las otras.

pero si traes una rosa y aprietan tus manos
para el cortejo de la piel y la espina
sangre en tu carne, no pétalos
la rosa no, no
esa rosa
si las aprietan y las venas cantan sin por qué la canción de los siglos sin tu garganta
y ya nunca más tu voz vibrando el aire
más ya no el latido profundo de tu cuello, profano
como aquellas noches de muslos acuáticos
como el instante de muerte solapado
al orgasmo, cinturas plásticas
si aprietan tus manos contra la rosa
y ella trae el canto a ti hasta disolverte tú
en su canto
si tu sangre los pétalos ahora

blanco el amor como el pecado, tus venas
forman la rosa

domingo, 23 de octubre de 2016

El otoño del patriarca

" [...] dime que no es de verdad este delirio, decía, dime que no eres tú, dime que este vahído de muerte no es el marasmo de regaliz de tu respiración, pero era ella, era su rosa, era su aliento cálido que perfumaba el clima del dormitorio como un bajo obstinado con más dominio y más antigüedad que el resuello del mar, Manuela Sánchez de mi desastre que no estabas escrita en la palma de mi mano, ni en el asiento de mi café, ni siquiera en las aguas de mi muerte de los lebrillos, no te gastes mi aire de respirar, mi sueño de dormir, el ámbito de la oscuridad de este cuarto donde nunca había entrado ni había de entrar una mujer, apágame esa rosa, gemía, mientras gateaba en busca de la llave de la luz y encontraba a Manuela Sánchez de mi locura en lugar de la luz, carajo, por qué te tengo que encontrar si no te me has perdido, si quieres llévate mi casa, la patria entera con su dragón, pero déjame encender la luz, alacrán de mis noches, Manuela Sánchez de mi potra, hija de puta, gritó, creyendo que la luz lo liberaba del hechizo, gritando que la saquen, que la dejen sin mí, que la echen en los cantiles con un ancla en el cuello para que nadie vuelva a padecer el fulgor de su rosa."

Gabriel García Márquez

martes, 18 de octubre de 2016

Nuestra mente es porosa para el olvido

"En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Sentí infinita veneración, infinita lástima."

Jorge Luis Borges

domingo, 9 de octubre de 2016

4.14



que vaya a ti, dices, espiral de luz sin fondo
que conduzca a tu materia
mis ingrávidas manos