Encontré lo que faltaba de luna
y todas las noches
fueron una,
como el tacto de todas las manos en tu mano;
todo lo tocado
en la misma huella.
Desorden.
Desequilibrio en las esferas.
Sigo sin ver quién se esconde
en la sonrisa del horizonte,
ni quién mengua en la soledad
de la boca de la noche,
pero todas las bocas son humo
cuando el café de tus ojos me arranca el sueño.
miércoles, 20 de marzo de 2013
lunes, 11 de marzo de 2013
La muerte de Acuario
En la Era de Acuario
todo son mentiras
eclipsadas por la colisión
de un corazón y su latido.
Perdidos en la era equivocada,
no soñamos por no estar
ni despertamos
para no ver proyectada
la vida en nuestras sombras.
Agarrados a los tobillos
de lo que no existió;
ninguna fogata de ilusiones
ilumina un cielo ya encendido por el alba.
Tambaleando mis pies en el filo,
mis raíces empiezan a arder
en el desgaste;
no queda base
en la línea que separa
los sueños vivos
de los desgastados al soñarlos.
Que esta pecera nos ahogue las arterias;
ya no le temo a la muerte.
Puede venir a decorar lo que quede
de los restos de mis huesos,
puede ahorcarme en la soga
con la que se suicidan los días
para volverse noches;
nada será peor
que el cristal abriendo
una nueva ventana en la memoria.
Perdida en la era equivocada,
las nebulosas recitan mi llanto
en otras esferas.
Pero cuando llegue el alba
me suicidaré con la luna
en una noche eterna;
nada será peor
que la mirada que refleje
el recuerdo de mi propio asesinato.
En algún rincón de la nada
cuando sea demasiado tarde
para sentirnos vivos,
la carne se abrirá como una ventana.
Demasiado pronto para sabernos muertos
y tarde para seguirlo
en la hora tardía de mi pulso;
apagados en el sol,
recordarán la muerte de Acuario
los que sueñen sin soñar
y los que huelan la vida nueva
en la muerte de estas palabras.
todo son mentiras
eclipsadas por la colisión
de un corazón y su latido.
Perdidos en la era equivocada,
no soñamos por no estar
ni despertamos
para no ver proyectada
la vida en nuestras sombras.
Agarrados a los tobillos
de lo que no existió;
ninguna fogata de ilusiones
ilumina un cielo ya encendido por el alba.
Tambaleando mis pies en el filo,
mis raíces empiezan a arder
en el desgaste;
no queda base
en la línea que separa
los sueños vivos
de los desgastados al soñarlos.
Que esta pecera nos ahogue las arterias;
ya no le temo a la muerte.
Puede venir a decorar lo que quede
de los restos de mis huesos,
puede ahorcarme en la soga
con la que se suicidan los días
para volverse noches;
nada será peor
que el cristal abriendo
una nueva ventana en la memoria.
Perdida en la era equivocada,
las nebulosas recitan mi llanto
en otras esferas.
Pero cuando llegue el alba
me suicidaré con la luna
en una noche eterna;
nada será peor
que la mirada que refleje
el recuerdo de mi propio asesinato.
En algún rincón de la nada
cuando sea demasiado tarde
para sentirnos vivos,
la carne se abrirá como una ventana.
Demasiado pronto para sabernos muertos
y tarde para seguirlo
en la hora tardía de mi pulso;
apagados en el sol,
recordarán la muerte de Acuario
los que sueñen sin soñar
y los que huelan la vida nueva
en la muerte de estas palabras.
domingo, 10 de marzo de 2013
Yesterday
Me levanté por la mañana con la boca hinchada y sonreí. Imaginé que alguien en la lejanía había soñado que me partía la cara, y en cierta manera había llegado a tener su efecto, por pequeño que fuese. Al principio pensé en una persona en concreto que pudiera querer hacerme algo así, pero poco a poco la lista se fue alargando. Me cansé de contar. Salté de la cama y llené un vaso de whisky. "Los escoceses saben lo que hacen", pensé. Por desgracia no podía decir lo mismo sobre mí.
Después de aquel pensamiento no recuerdo mucho más hasta el día siguiente. Lo único que puedo recordar - a la perfección, además- es aquel sueño extraño del que luché para despertarme como no he luchado en toda mi vida. El cáncer que había matado a mi padre me perseguía como una sombra, sin hacer ruido. "Voy a comerte", susurró. "No me gustan las lagartijas", le reproché. Ahora supongo que le dije eso porque el cáncer y las lagartijas son bastante similares. No es que odie a esos reptiles, simplemente no me gustan. No tiene que haber motivo alguno para que una cosa no te guste, o eso es lo que creo. A mí las lagartijas no me gustan, como a muchas otras personas.
Y al igual que las lagartijas, el cáncer es algo que tampoco suele entusiasmar a la gente.
Al despertarme mi labio estaba mejor, pero tenía unas cuantas costillas rotas. Como no recordaba absolutamente nada podía fantasear con que se habían roto porque mi corazón se había hinchado tanto que las había reventado como una piedra podría reventar una ventana. La idea era absurda y romántica, pero creo que tenía su parte de verdad. Abrí una cerveza y empecé a escribir. "Las bocas son humo / cuando el café de tus ojos me arranca el sueño". No tardé mucho en dejarlo estar.
"Es mejor que estemos así. Esto es destructivo; es mejor estar separados, mejor que estemos así". Repetí la frase una y otra vez hasta interiorizarla, hasta convencerme de que aquello estaba mejor así. Hasta creerla. Y realmente la creí, porque hay veces que dejamos de ser tan ciegos y podemos ver la verdad, aunque sea por unos segundos. ¿Recordáis aquello que os dije sobre las alturas? Da igual lo alto que alguien pueda llegar a elevarte cuando descubres que esa elevación no era más que una mentira. Y así fue. Todos la jodemos, es cierto. Pero hay veces que necesitamos joderla para ser un poco realistas y mandar bien lejos aquello que no nos deja vivir.
Lo peor de todo es levantarse una mañana y escuchar esa misma voz torturándonos y haciéndonos ver que es una pena haber vivido tanto tiempo creyendo conocer a alguien para despertarte un día y descubrir que no es más que un extraño. Con este pensamiento en la cabeza hundí la cara entre mis manos y lloré como un niño pequeño. Siempre usamos esa expresión, "llorar como un niño". Me pregunto si realmente los niños lloran más que los adultos.
Qué tontería.
"Mira a tu alrededor", dije dentro de mi propia cabeza. "Observa toda esa gente a la que has jodido y la que te ha jodido también, pero lo segundo no tiene ningún tipo de validez porque lo importante es lo que tú has hecho. Mira a tu alrededor y pregúntate de qué sirve quedarse plantado donde nadie quiere verte". Sonaba tan absurdo tanto dentro como fuera de mi mente.
"Tenemos que irnos de este lugar y de estos recuerdos para que no nos encuentren". Entonces fue cuando decidí irme a Bergen, a un lugar donde nadie me conociera, donde las casas estaban pintadas con bonitos colores y el agua reflejaba todas las cosas, excepto a uno mismo.
jueves, 7 de marzo de 2013
Bombshells
"Bien".
Pero decir "bien" no significaba que las cosas estuvieran realmente "bien", sino que tocaba aferrarse a una conformidad impuesta que nadie quiere encontrarse pero que siempre nos acaba encontrando, por muy bien que nos escondamos. Si te encuentra -que lo hará-, importa poco que estés vestido, desnudo o simplemente tapado con cuatro recuerdos mal puestos; cuando te encuentra tienes la opción de escapar, pero todos somos tan cobardes que nos quedamos ahí parados, con la boca abierta y con un puñado de silencios muertos deslizándose por ella y chocando contra el suelo.
Me encontraba en ese punto de conformidad. "Bien", ya está; haz las maletas, esconde el corazón en un lugar lo suficientemente frío para que quede entumecido por un tiempo y vete de allí fingiendo que no pasa nada. Pero todo pasa. Da igual lo alto que estés, porque llegará un punto en el que no podrás subir más, y la verdad es que no conozco a nadie que haya podido mantenerse a esa altura por más de un rato extremadamente corto.
"Todo lo que sube tiene que bajar", me comentó un hombre sin un duro pero muy rico en todo lo demás. Bebíamos cerveza, y yo sabía que aquellos momentos no podían pagarse de ninguna manera. Ser consciente de aquello enriquecía cada segundo. Lo cierto es que la cerveza estaba caliente, pero daba igual. La cima a la que logramos llegar después de muchas horas de caminata no era tan ardiente como aquellas cervezas, pero el calor que se siente al estar en la cima supera a litros y litros de cerveza sacada del mismísimo infierno.
"Todo lo que sube tiene que bajar". No sabía si me hablaba de la bajada de la cocaína, del descenso que nos esperaba desde aquella altura o si se trataba de alguna bajada metafórica que mi mente no era capaz de descifrar. Aun así, todas aquellas bajadas acababan con el mismo sabor amargo en la lengua, entre los dientes y quemando completamente la garganta.
Cuando nos tocó bajar entendí que, teniendo en cuenta el punto al que habíamos llegado, no podríamos haber subido más, como tampoco podríamos habernos quedado bebiendo cerveza allí eternamente. Supe entonces que el resto de cosas también funcionaban así, e imaginé que la vida era como una almohada a la que no dejamos de darle vueltas hasta encontrar el lado más frío. La vida era como una almohada caliente o como una ascensión absurda que termina estrellándote contra tu propia tumba.
Recordé el esfuerzo para subir y el éxtasis de sentirte arriba, por encima de todas las cosas, como otro punto desubicado en el cielo que observa a todos los demás puntos insignificantes que se encuentran bajo él desde la lejanía. Ningún tipo de ácido podía sostenerte en aquel lugar de esa manera. Y cuando digo ninguno es ninguno.
Hay cosas que parecen elevarnos hasta el propio cielo pero realmente no son más que un espejismo. He vivido cosas de esas, como todos, pero también he tenido algo más que eso. No hablo únicamente de una excursión con más grados quemando mi garganta que quemando la capa más superficial de mi piel. Hablo de otro tipo de quemaduras.
Recordaba su voz mejor de lo que podía recordar la mía propia. Si alguien me hubiera puesto grabaciones con distintas voces y me hicieran escoger únicamente una que quisiera guardar para siempre, inconscientemente me habría decantado por la suya. Sin dudarlo. Otro hombre que también bebía cerveza y que era mucho más que el simple ser que la gente veía me comentó un día que tenía un problema. "Estás jodido", dijo. No sabía si tomármelo muy en serio, pero no quería quedarme fuera de aquello, así que pregunté el motivo. "¿Cómo era su voz, chaval?". "Grave", contesté. "No lo suficientemente grave como para considerarse un vozarrón, pero sí algo más grave que la de cualquier otra chica que se me venga ahora mismo a la cabeza".
"Estás jodido. Esas voces son un problema". Aunque sabía que tenía razón, no pude resistirme a arquear una ceja como símbolo de interrogación muda. Bebió de su cerveza y suspiró. Ese día también bebíamos cerveza caliente. La cerveza siempre acaba ardiendo como el sol entre las manos cuando tienes demasiada y vas tomándola con calma. "Son un problema porque llenan".
Entonces llegó el momento. Cuando pensé que no podía caer más bajo de lo que ya había conseguido comprobar, un meteorito se estrelló contra mi tumba y me llevó aún más al fondo, a un lugar al que no sabía que nadie podía llegar. Allí mismo se encontraba la diferencia con todo lo demás que había podido ver o sentir hasta el momento.
Daban igual las cimas, las almohadas, el ardor de las cervezas y la falsa felicidad de los ácidos; ya solo podía recordar la voz de una chica. Y estaba claro que cualquier chica con una voz para recordar puede herirte, pero lo difícil es encontrar a aquella cuya voz te llena y te mata para siempre. Cuando llegas a ese punto de comprensión es cuando te das cuenta de que los recuerdos te apuntan con una pistola y nadie puede decirte si la bala que te arañará las entrañas será una real o una de fogueo.
Y aunque nadie te lo diga, tú sabes perfectamente qué tipo de bala va a atravesarte por completo.
Pero decir "bien" no significaba que las cosas estuvieran realmente "bien", sino que tocaba aferrarse a una conformidad impuesta que nadie quiere encontrarse pero que siempre nos acaba encontrando, por muy bien que nos escondamos. Si te encuentra -que lo hará-, importa poco que estés vestido, desnudo o simplemente tapado con cuatro recuerdos mal puestos; cuando te encuentra tienes la opción de escapar, pero todos somos tan cobardes que nos quedamos ahí parados, con la boca abierta y con un puñado de silencios muertos deslizándose por ella y chocando contra el suelo.
Me encontraba en ese punto de conformidad. "Bien", ya está; haz las maletas, esconde el corazón en un lugar lo suficientemente frío para que quede entumecido por un tiempo y vete de allí fingiendo que no pasa nada. Pero todo pasa. Da igual lo alto que estés, porque llegará un punto en el que no podrás subir más, y la verdad es que no conozco a nadie que haya podido mantenerse a esa altura por más de un rato extremadamente corto.
"Todo lo que sube tiene que bajar", me comentó un hombre sin un duro pero muy rico en todo lo demás. Bebíamos cerveza, y yo sabía que aquellos momentos no podían pagarse de ninguna manera. Ser consciente de aquello enriquecía cada segundo. Lo cierto es que la cerveza estaba caliente, pero daba igual. La cima a la que logramos llegar después de muchas horas de caminata no era tan ardiente como aquellas cervezas, pero el calor que se siente al estar en la cima supera a litros y litros de cerveza sacada del mismísimo infierno.
"Todo lo que sube tiene que bajar". No sabía si me hablaba de la bajada de la cocaína, del descenso que nos esperaba desde aquella altura o si se trataba de alguna bajada metafórica que mi mente no era capaz de descifrar. Aun así, todas aquellas bajadas acababan con el mismo sabor amargo en la lengua, entre los dientes y quemando completamente la garganta.
Cuando nos tocó bajar entendí que, teniendo en cuenta el punto al que habíamos llegado, no podríamos haber subido más, como tampoco podríamos habernos quedado bebiendo cerveza allí eternamente. Supe entonces que el resto de cosas también funcionaban así, e imaginé que la vida era como una almohada a la que no dejamos de darle vueltas hasta encontrar el lado más frío. La vida era como una almohada caliente o como una ascensión absurda que termina estrellándote contra tu propia tumba.
Recordé el esfuerzo para subir y el éxtasis de sentirte arriba, por encima de todas las cosas, como otro punto desubicado en el cielo que observa a todos los demás puntos insignificantes que se encuentran bajo él desde la lejanía. Ningún tipo de ácido podía sostenerte en aquel lugar de esa manera. Y cuando digo ninguno es ninguno.
Hay cosas que parecen elevarnos hasta el propio cielo pero realmente no son más que un espejismo. He vivido cosas de esas, como todos, pero también he tenido algo más que eso. No hablo únicamente de una excursión con más grados quemando mi garganta que quemando la capa más superficial de mi piel. Hablo de otro tipo de quemaduras.
Recordaba su voz mejor de lo que podía recordar la mía propia. Si alguien me hubiera puesto grabaciones con distintas voces y me hicieran escoger únicamente una que quisiera guardar para siempre, inconscientemente me habría decantado por la suya. Sin dudarlo. Otro hombre que también bebía cerveza y que era mucho más que el simple ser que la gente veía me comentó un día que tenía un problema. "Estás jodido", dijo. No sabía si tomármelo muy en serio, pero no quería quedarme fuera de aquello, así que pregunté el motivo. "¿Cómo era su voz, chaval?". "Grave", contesté. "No lo suficientemente grave como para considerarse un vozarrón, pero sí algo más grave que la de cualquier otra chica que se me venga ahora mismo a la cabeza".
"Estás jodido. Esas voces son un problema". Aunque sabía que tenía razón, no pude resistirme a arquear una ceja como símbolo de interrogación muda. Bebió de su cerveza y suspiró. Ese día también bebíamos cerveza caliente. La cerveza siempre acaba ardiendo como el sol entre las manos cuando tienes demasiada y vas tomándola con calma. "Son un problema porque llenan".
Entonces llegó el momento. Cuando pensé que no podía caer más bajo de lo que ya había conseguido comprobar, un meteorito se estrelló contra mi tumba y me llevó aún más al fondo, a un lugar al que no sabía que nadie podía llegar. Allí mismo se encontraba la diferencia con todo lo demás que había podido ver o sentir hasta el momento.
Daban igual las cimas, las almohadas, el ardor de las cervezas y la falsa felicidad de los ácidos; ya solo podía recordar la voz de una chica. Y estaba claro que cualquier chica con una voz para recordar puede herirte, pero lo difícil es encontrar a aquella cuya voz te llena y te mata para siempre. Cuando llegas a ese punto de comprensión es cuando te das cuenta de que los recuerdos te apuntan con una pistola y nadie puede decirte si la bala que te arañará las entrañas será una real o una de fogueo.
Y aunque nadie te lo diga, tú sabes perfectamente qué tipo de bala va a atravesarte por completo.
viernes, 1 de marzo de 2013
Schuld
La luz siempre es difícil.
Todas las esquinas oscuras sabían
quién era uno con la lluvia,
pero los contornos dibujados
nunca son nítidos bajo la cascada.
(En el cielo.
Ya no quedan hijos de la luna
en los cielos.)
Me declaro culpable por haber nacido.
Entre la vorágine de la deuda y la culpa
ellos encontraron el punto inequívoco
de la falsa moral.
Me condenaron a sentir,
y me declaro culpable;
no temo beber vuestra cicuta
en estos tiempos en los que lo humano es visto
como una abominación para el hombre.
Me declaro, sin romanticismo
y sin flores de sangre en la nieve de tu piel.
Yo me declaro.
(La cascada del cielo.
Nunca habrá hijos de la luna
en los cielos.)
La luz sigue siendo difícil
para los que se derraman en las esquinas.
Pero en cada gramo de vida, en cada soplo
de aire desgastado, sabrás
que la luz nunca encontró un ángulo
para la sombra de tus manos.
Todas las esquinas oscuras sabían
quién era uno con la lluvia,
pero los contornos dibujados
nunca son nítidos bajo la cascada.
(En el cielo.
Ya no quedan hijos de la luna
en los cielos.)
Me declaro culpable por haber nacido.
Entre la vorágine de la deuda y la culpa
ellos encontraron el punto inequívoco
de la falsa moral.
Me condenaron a sentir,
y me declaro culpable;
no temo beber vuestra cicuta
en estos tiempos en los que lo humano es visto
como una abominación para el hombre.
Me declaro, sin romanticismo
y sin flores de sangre en la nieve de tu piel.
Yo me declaro.
(La cascada del cielo.
Nunca habrá hijos de la luna
en los cielos.)
La luz sigue siendo difícil
para los que se derraman en las esquinas.
Pero en cada gramo de vida, en cada soplo
de aire desgastado, sabrás
que la luz nunca encontró un ángulo
para la sombra de tus manos.
jueves, 28 de febrero de 2013
Luctus, ubique pavor, et plurima noctis imago
No salgas del espejo,
compón una melodía en el silencio
y devuelve el ruido.
Cada tres años nace un niño muerto en mi espina,
como las nubes pariendo una tormenta,
como el sueño crucificado que despierta en el insomne.
La luz roja parpadea y el reloj calla.
Creo recordar lo que olvidé en el horizonte.
Quizá fue una mano de sal que nunca acaba,
quizá una llama en el sol; eternidad.
Pero recuerda si aún queda nostalgia en tu memoria:
cuando las arañas encuentren su sitio en mi costado
no salgas del espejo.
Todavía no.
Hay siete espejismos más que necesito
en la melodía para este niño raquítico de sueños.
Creemos que él escuchará como escucha
todo lo que no nace lejos de este folio.
Es por eso que dedicamos nuestra música viva a los muertos.
compón una melodía en el silencio
y devuelve el ruido.
Cada tres años nace un niño muerto en mi espina,
como las nubes pariendo una tormenta,
como el sueño crucificado que despierta en el insomne.
La luz roja parpadea y el reloj calla.
Creo recordar lo que olvidé en el horizonte.
Quizá fue una mano de sal que nunca acaba,
quizá una llama en el sol; eternidad.
Pero recuerda si aún queda nostalgia en tu memoria:
cuando las arañas encuentren su sitio en mi costado
no salgas del espejo.
Todavía no.
Hay siete espejismos más que necesito
en la melodía para este niño raquítico de sueños.
Creemos que él escuchará como escucha
todo lo que no nace lejos de este folio.
Es por eso que dedicamos nuestra música viva a los muertos.
viernes, 15 de junio de 2012
Orquídeas
Tres orquídeas y nada más
en tu ventana.
A veces paso por allí
cuando la lluvia es menos insolente,
y las estrellas puntillosas reconocen mi visita.
La realidad es un balazo en la pierna,
como una patada realmente fuerte
desencajando las mandíbulas
y recordándonos que la verdad
a pesar de todo
no es más que una boca desencajada.
Pero eso nunca ha sido más importante
que aquellas tres orquídeas.
Las bocas de orquídea son como volver a ese lugar
donde las flores se despiden de la lluvia,
donde mi sonrisa era un rifle
con el que nunca quise matar a nadie.
Tu sencillez lo hacía todo tan sumamente complicado
que no sé muy bien cómo podría explicarme ahora.
No me quedan muchas balas.
Tres orquídeas en tu ventana,
nada más.
Tu ausencia en mi sofá a veces cobra vida propia
y no sé exactamente qué nombre ponerle
(aunque algunos se empeñen en llamarle nostalgia).
Te recuerdo tantas veces que en ocasiones te olvido
sólo para volver a recordarte
con la sorpresa de un nuevo y extraño regalo.
¿Por qué nunca vuelves a este lado del sofá?
Las cosas son tan sencillas que no sé cómo explicarlas.
Quizá simplemente necesite las mismas orquídeas
en este lado vacío del sofá.
en tu ventana.
A veces paso por allí
cuando la lluvia es menos insolente,
y las estrellas puntillosas reconocen mi visita.
La realidad es un balazo en la pierna,
como una patada realmente fuerte
desencajando las mandíbulas
y recordándonos que la verdad
a pesar de todo
no es más que una boca desencajada.
Pero eso nunca ha sido más importante
que aquellas tres orquídeas.
Las bocas de orquídea son como volver a ese lugar
donde las flores se despiden de la lluvia,
donde mi sonrisa era un rifle
con el que nunca quise matar a nadie.
Tu sencillez lo hacía todo tan sumamente complicado
que no sé muy bien cómo podría explicarme ahora.
No me quedan muchas balas.
Tres orquídeas en tu ventana,
nada más.
Tu ausencia en mi sofá a veces cobra vida propia
y no sé exactamente qué nombre ponerle
(aunque algunos se empeñen en llamarle nostalgia).
Te recuerdo tantas veces que en ocasiones te olvido
sólo para volver a recordarte
con la sorpresa de un nuevo y extraño regalo.
¿Por qué nunca vuelves a este lado del sofá?
Las cosas son tan sencillas que no sé cómo explicarlas.
Quizá simplemente necesite las mismas orquídeas
en este lado vacío del sofá.
jueves, 24 de mayo de 2012
.
Siempre a ninguna parte,
con los pies clavados en las dunas
como dos claveles de sangre.
Siempre a ninguna parte,
con los labios mojados de negra noche
derramada en las aceras.
Siempre el mismo siempre
desgastado e inútil, palabra hueca,
como toda aquella despojada
de una verdad pura en su centro;
y la luna degollada, siempre riendo
y sangrando las noches.
Y mis noches eran mías hasta el puñal de las mañanas,
y mi vida era un cantar enorme de pájaros
que huyen como balas del invierno.
Y casi siempre la misma lluvia sobre los mismos sueños,
el mismo viento helado crujiendo en mis ventanas,
el mismo recuerdo de lo que será, y no es
más allá del número, oxidado de palabras.
con los pies clavados en las dunas
como dos claveles de sangre.
Siempre a ninguna parte,
con los labios mojados de negra noche
derramada en las aceras.
Siempre el mismo siempre
desgastado e inútil, palabra hueca,
como toda aquella despojada
de una verdad pura en su centro;
y la luna degollada, siempre riendo
y sangrando las noches.
Y mis noches eran mías hasta el puñal de las mañanas,
y mi vida era un cantar enorme de pájaros
que huyen como balas del invierno.
Y casi siempre la misma lluvia sobre los mismos sueños,
el mismo viento helado crujiendo en mis ventanas,
el mismo recuerdo de lo que será, y no es
más allá del número, oxidado de palabras.
miércoles, 18 de abril de 2012
.
En las calles está su vómito inmenso
resguardado por toneladas de leyes muertas.
Y no hay nada allí. Ya no hay nada,
ni la libre prisión del amor
ni la nostalgia de las horas deshojadas.
No hay sosiego en sus mentiras
que caminan impasibles, vestidas
con traje y corbata;
no existe ni un gramo de verdad
para tanto hambre en las miradas.
Alcemos las manos, presas entre cadenas;
alcemos el canto desesperado del pecho abierto
hasta romper las puertas de otra fría madrugada.
Aunque no quede nada, aunque en la mano
no pueda siquiera aguantar la llama.
Alcémonos aunque ya no quede nada
porque siempre hay algo más allá
del rasgado temor de nuestros ojos,
algo más allá, algo más
que unas tristes migajas de libertad
para estas palomas hambrientas.
resguardado por toneladas de leyes muertas.
Y no hay nada allí. Ya no hay nada,
ni la libre prisión del amor
ni la nostalgia de las horas deshojadas.
No hay sosiego en sus mentiras
que caminan impasibles, vestidas
con traje y corbata;
no existe ni un gramo de verdad
para tanto hambre en las miradas.
Alcemos las manos, presas entre cadenas;
alcemos el canto desesperado del pecho abierto
hasta romper las puertas de otra fría madrugada.
Aunque no quede nada, aunque en la mano
no pueda siquiera aguantar la llama.
Alcémonos aunque ya no quede nada
porque siempre hay algo más allá
del rasgado temor de nuestros ojos,
algo más allá, algo más
que unas tristes migajas de libertad
para estas palomas hambrientas.
jueves, 15 de marzo de 2012
El viejo arte de quemar recuerdos
es el amargo sabor entre los dientes
con su tallo de flor marchita.
El paraíso está ya lejos de nosotros,
como una visión cegada de lo que puede
y nunca llega a ser fuera del imaginar
de nuestros ojos cansados.
Sí. Podría cambiar mil cajas de lugar,
remodelar mis incesantes paredes y mis calles
(¡mis tristes calles de tambores,
casi sin ritmo ya!).
Podría cambiar todo por un pedazo de paraíso,
pero cuando las luces se apagan, a veces
es mejor el ascua de la luna encenizada que esperar,
de forma estúpida, besar el sol
con la punta de los dedos.
Y sabes bien, casi mejor que yo,
que el sangrar de mis yemas es un llanto
crudo y oxidado, que no para de cantar
(hasta que llegue la noche
y su oscura lengua todo lo cure).
es el amargo sabor entre los dientes
con su tallo de flor marchita.
El paraíso está ya lejos de nosotros,
como una visión cegada de lo que puede
y nunca llega a ser fuera del imaginar
de nuestros ojos cansados.
Sí. Podría cambiar mil cajas de lugar,
remodelar mis incesantes paredes y mis calles
(¡mis tristes calles de tambores,
casi sin ritmo ya!).
Podría cambiar todo por un pedazo de paraíso,
pero cuando las luces se apagan, a veces
es mejor el ascua de la luna encenizada que esperar,
de forma estúpida, besar el sol
con la punta de los dedos.
Y sabes bien, casi mejor que yo,
que el sangrar de mis yemas es un llanto
crudo y oxidado, que no para de cantar
(hasta que llegue la noche
y su oscura lengua todo lo cure).
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