martes, 15 de julio de 2014
Solitaire dans ton monde, tu chantes aux étoiles et câlines la terre
"A ti, que crees que existo,
¿cómo decir lo que sé
con palabras cuyo significado
es múltiple;
palabras, como yo, que cambian
cuando se las mira,
cuya voz es ajena?
¿Cómo decir
que no soy
pero que, en cada palabra,
me veo,
me oigo,
me comprendo,
a ti, cuya realidad
renovada
es la de la luz
a través de la cual
el mundo cobra conciencia del mundo
perdiéndote
pero que respondes
a un nombre
prestado?
¿Cómo mostrar lo que he creado
fuera de mí,
hoja tras hoja,
donde todo rastro de mi paso
está borrado
por la duda?
¿A quién se le han aparecido esas imágenes
que ofrezco?
Reivindico, en último extremo, lo que me es debido.
¿Cómo demostrar mi inocencia
cuando el águila ha volado de mis manos
para conquistar el cielo
que me atenaza?
Muero de orgullo en el límite
de mis fuerzas.
Lo que espero está siempre más lejos."
Edmond Jabès
miércoles, 25 de junio de 2014
23.27
dónde está la voz
la voz que se encoge desde mi sangre
a veces muda y otras
retumbando su sal en mis oídos de roca
dónde esa voz
perdida en este océano de hombres sin rostro que avanzan
incansables hacia el dolor o el delirio
animales sin rostro para el abismo
o para desplegar el último abandono en palabras de aire
adónde
adónde os lleváis mi voz
la voz que se encoge desde mi sangre
a veces muda y otras
retumbando su sal en mis oídos de roca
dónde esa voz
perdida en este océano de hombres sin rostro que avanzan
incansables hacia el dolor o el delirio
animales sin rostro para el abismo
o para desplegar el último abandono en palabras de aire
adónde
adónde os lleváis mi voz
jueves, 12 de junio de 2014
Destruir y crear o de cómo una creación se desnuda ante la destrucción
Y así es.
Para el que se finge creador y observa - a veces sorprendido y a veces impasible- las ruinas de su antiguo yo, la creación no es más que una colocación precisa de sensaciones rotas. Un recuerdo amargo por aquí, el humo de los besos del triunfo por allá, un quebranto, algunos jirones de nuestra piel bien conservados, tres cadáveres vestidos de insignificancia en ese rincón y voilà, todo cobra un sentido perfecto; este objeto nauseabundo e irrisorio arrojado y despojado de abismos es el que el espectador contempla y se dispone a criticar, a alabar o -sea como sea- a saborear con sus labios secos de ignorancia. La lengua de la pasión ya no recorre esos labios ni moja con los suyos las del falso creador que, arrodillado ante sí mismo, se desgarra esa piel suya que es de todos pero que no pertenece a nadie. ¿Por qué iba a hacerlo? Crear es tomar los restos de un naufragio interior y esperar -cargado de uno mismo y de otro uno colectivo- poder dejarse mecer por los brazos del mar sin que este arremeta en exceso contra nosotros. Crear no es nada nuevo; no hay pasión en la monotonía del verbo antiguo.
Al menos existe conciencia en esta inutilidad. No estamos creando nada; estamos tomando los pilares de nuestros propios cuerpos para destrozarlos y añadir tres o cuatro sentimientos de poco valor, de esos que los ojos se niegan a ver pero que ejercen una presión constante en las costillas. No partimos de cero; bebemos la sangre de la tradición y la escupimos deseando que este desecho tome alguna forma oportuna y precisa en los ojos internos del que observa.
Pero hoy todo es cuestionable. Algunos incluso hablan sobre la libertad artística. Pero, ¿qué es esa supuesta libertad? ¿Poder manifestar cualquier sandez en medios de comunicación vacíos que se alimentan de falsas popularidades o poder trascender, de forma íntima, la cárcel interior guardada en la torre de hueso y carne que nos forma? Libertad artística, libertad creadora: conceptos sin valor -como toda palabra hoy- que no explican más que la necesidad de trascendencia, de alcanzar a través del encierro de las pasiones la libertad de las mismas. Algunos hablarán del arte como liberación pasional sin más, como depuración de un alma que se antoja, a ojos de la realidad, como un elemento artificial al que nos aferramos para describir todo lo que nos volcamos en algo: "pongo el alma en esto". Todos lo hacemos, sí, pero ¿qué es exactamente eso que estamos poniendo? No, el arte no es una liberación inútil del alma; el arte es conocer el músculo lo suficiente como para poder extirparlo, agarrar en un puño eso que se supone que todos tenemos latiendo dentro y mostrarlo crudo y palpitante, sin más adornos que la mano que lo sujeta y la sangre que lo viste.
Esa es la verdadera creación. No, no estamos creando. Estamos bebiendo a borbotones la sangre nueva de la antigua piel humana para reafirmar que somos un ayer cíclico, recompuesto y destruido una y otra vez en el falso nombre del arte.
Amén.
Para el que se finge creador y observa - a veces sorprendido y a veces impasible- las ruinas de su antiguo yo, la creación no es más que una colocación precisa de sensaciones rotas. Un recuerdo amargo por aquí, el humo de los besos del triunfo por allá, un quebranto, algunos jirones de nuestra piel bien conservados, tres cadáveres vestidos de insignificancia en ese rincón y voilà, todo cobra un sentido perfecto; este objeto nauseabundo e irrisorio arrojado y despojado de abismos es el que el espectador contempla y se dispone a criticar, a alabar o -sea como sea- a saborear con sus labios secos de ignorancia. La lengua de la pasión ya no recorre esos labios ni moja con los suyos las del falso creador que, arrodillado ante sí mismo, se desgarra esa piel suya que es de todos pero que no pertenece a nadie. ¿Por qué iba a hacerlo? Crear es tomar los restos de un naufragio interior y esperar -cargado de uno mismo y de otro uno colectivo- poder dejarse mecer por los brazos del mar sin que este arremeta en exceso contra nosotros. Crear no es nada nuevo; no hay pasión en la monotonía del verbo antiguo.
Al menos existe conciencia en esta inutilidad. No estamos creando nada; estamos tomando los pilares de nuestros propios cuerpos para destrozarlos y añadir tres o cuatro sentimientos de poco valor, de esos que los ojos se niegan a ver pero que ejercen una presión constante en las costillas. No partimos de cero; bebemos la sangre de la tradición y la escupimos deseando que este desecho tome alguna forma oportuna y precisa en los ojos internos del que observa.
Pero hoy todo es cuestionable. Algunos incluso hablan sobre la libertad artística. Pero, ¿qué es esa supuesta libertad? ¿Poder manifestar cualquier sandez en medios de comunicación vacíos que se alimentan de falsas popularidades o poder trascender, de forma íntima, la cárcel interior guardada en la torre de hueso y carne que nos forma? Libertad artística, libertad creadora: conceptos sin valor -como toda palabra hoy- que no explican más que la necesidad de trascendencia, de alcanzar a través del encierro de las pasiones la libertad de las mismas. Algunos hablarán del arte como liberación pasional sin más, como depuración de un alma que se antoja, a ojos de la realidad, como un elemento artificial al que nos aferramos para describir todo lo que nos volcamos en algo: "pongo el alma en esto". Todos lo hacemos, sí, pero ¿qué es exactamente eso que estamos poniendo? No, el arte no es una liberación inútil del alma; el arte es conocer el músculo lo suficiente como para poder extirparlo, agarrar en un puño eso que se supone que todos tenemos latiendo dentro y mostrarlo crudo y palpitante, sin más adornos que la mano que lo sujeta y la sangre que lo viste.
Esa es la verdadera creación. No, no estamos creando. Estamos bebiendo a borbotones la sangre nueva de la antigua piel humana para reafirmar que somos un ayer cíclico, recompuesto y destruido una y otra vez en el falso nombre del arte.
Amén.
domingo, 1 de junio de 2014
XXX
"«Sí, sí -decía-, yo me lo negaba a mí mismo, pero te quería para mí; quería, allá en el fondo de mis entrañas, sin saberlo, como respiro sin pensar en ello, quería poseerte, llegar a enseñarte que el amor, nuestro amor, debía ser lo primero; que lo demás era mentira, cosa de niños, conversación inútil; que era lo único real, lo único serio el quererme, sobre todo yo a ti, y huir si hacía falta; y arrojar yo la máscara, y la ropa negra, y ser quien soy lejos de aquí, donde no lo puedo ser: sí, Anita, sí, yo era un hombre, ¿no lo sabías? ¿Por eso me engañaste? Pues mira, a tu amante puedo deshacerle de un golpe; me tiene miedo, sábelo, hasta cuando le miro; si me viera en despoblado, solos frente a frente, escaparía de mí… Yo soy tu esposo; me lo has prometido de cien maneras; tu don Víctor no es nadie; mírale como no se queja: yo soy tu dueño, tú me lo juraste a tu modo; mandaba en tu alma, que es lo principal; toda eres mía, sobre todo porque te quiero como tu miserable vetustense y el aragonés no te pueden querer. ¿Qué saben ellos, Anita, de estas cosas que sabemos tú y yo…? Sí, tú las sabías también… y las olvidaste… por un cacho de carne fofa, relamida por todas las mujeres malas del pueblo... Besas la carne de la orgía, los labios que pasaron por todas las pústulas del adulterio, por todas las heridas del estupro, por…»
Y don Fermín rasgó también esta carta, y en mil pedazos más que todas las otras."
La Regenta
(Leopoldo Alas, "Clarín")
Y don Fermín rasgó también esta carta, y en mil pedazos más que todas las otras."
La Regenta
(Leopoldo Alas, "Clarín")
martes, 27 de mayo de 2014
17.24 (a)
escrita en este folio de tu cuerpo
te has arrancado de mí y me has bebido
- flor de sangre toda-, para pronunciarte en nombre
rasgadas al fin tus vestiduras,
escribes jirones de versos en mi carne
y en el dolor que me das para que sea
te pronuncio:
antimateria; así te llamo,
y me regalas estas manos vacías
y un verbo
un verbo solo donde sobrevivir al nombre de esta ausencia
cuando todo lo demás ya
es silencio
espejo donde no estás para encontrarme,
tú,
que no eres nadie aunque te desgarras en mí y soy materia
sigues tan entera en ti
ahora desmembrada, cuerpo
cálido y abierto para un deseo
callado de sangre nueva,
como un silencio de pieles sin tacto
que se desnuda de ti;
tú,
aire del labio en carne florecida,
sobrevivida en sombra, me has reducido
a mí misma -a una nada en otra nada
arrodillada ante una nada
más profunda-
escrita aquí, palabra sola,
te bebo y te arranco de mí
-flor mía de mi sangre-, para pronunciar mi nombre
y ser
- verbalizada, al fin-
en mi propia carne
te has arrancado de mí y me has bebido
- flor de sangre toda-, para pronunciarte en nombre
rasgadas al fin tus vestiduras,
escribes jirones de versos en mi carne
y en el dolor que me das para que sea
te pronuncio:
antimateria; así te llamo,
y me regalas estas manos vacías
y un verbo
un verbo solo donde sobrevivir al nombre de esta ausencia
cuando todo lo demás ya
es silencio
espejo donde no estás para encontrarme,
tú,
que no eres nadie aunque te desgarras en mí y soy materia
sigues tan entera en ti
ahora desmembrada, cuerpo
cálido y abierto para un deseo
callado de sangre nueva,
como un silencio de pieles sin tacto
que se desnuda de ti;
tú,
aire del labio en carne florecida,
sobrevivida en sombra, me has reducido
a mí misma -a una nada en otra nada
arrodillada ante una nada
más profunda-
escrita aquí, palabra sola,
te bebo y te arranco de mí
-flor mía de mi sangre-, para pronunciar mi nombre
y ser
- verbalizada, al fin-
en mi propia carne
domingo, 25 de mayo de 2014
0.55
ahora que hemos desenterrado los huesos del sol
ahora
que el beso de la sangre se ha oxidado en el tiempo
¿qué queda ahora astralmente perpetuo
en el preludio carnal de la palabra?
silencio
solo
silencio
ahora
que el beso de la sangre se ha oxidado en el tiempo
¿qué queda ahora astralmente perpetuo
en el preludio carnal de la palabra?
silencio
solo
silencio
viernes, 23 de mayo de 2014
0.45
alguien besará este cuerpo de sombra
hecho para la luz
desnudo para el sí
abierto de carne y sangre
para la continuidad de los silencios o
para el camino en el que hallar otro útero donde nacer
y salvarnos
hecho para la luz
desnudo para el sí
abierto de carne y sangre
para la continuidad de los silencios o
para el camino en el que hallar otro útero donde nacer
y salvarnos
domingo, 11 de mayo de 2014
I love you so much that it hurts my head...
Al abrazar su cuerpo por primera vez sentí todos los cielos en uno solo, uno palpitante y cálido, suave y acogedor como un hogar. Permanecí atrapada en ese templo durante un rato que pareció una vida; fui cariátide para sostenerla y, en cierto modo, para sostenerme también a mí.
Allí alzamos nuestra eternidad. Allí nuestros cuerpos dejaron de ser mármol pulido para ser carne moldeada al hueso, arteria y vena meciendo suavemente la sangre de un único latido; trascendencia sobre toda materia.
Allí nací por primera vez. Había creído llevar muerta todo aquel tiempo, y lo que nunca había sabido ver era que yo jamás había vivido. ¿Quién, entonces, podría arrancarme de aquella nueva mortalidad? Las ausencias más breves entumecían mis músculos y los helaba en piedra si no la sentía, si no podía abrir con mis dedos el amanecer de sus labios. No, no había carros dorados ni caballos desbocados en aquel acto sagrado de realidad recién florecida; sus rosados labios eran la única puerta del alba para mí.
En ocasiones la quise alcanzar. Quise arder en sus llamas y cuanto más me quemaba más ansiaba arder en aquella vida única y real que su abrazo me había proporcionado. Solo podía desear vernos en el centro de la llamarada, porque, ¿qué es el amor sino fuego en el alma y en la vida infierno, como decía aquel poeta barroco condenado a la dramaturgia?
Todavía hoy cuando la veo desnuda, en alma viva, mi propia alma tiembla y se serena embriagada de sensaciones que se entrelazan y besan como los dedos y la piel en el roce de una caricia. Esos momentos son una condena apacible, una cadena que cualquiera se ataría alrededor del cuello con tal de no alejarse demasiados centímetros de su suspiro y de la calidez que desprende el aire que la pasa de largo, incapaz de contenerla en su ingrávido aliento.
Aún hay veces que el miedo del interrogante se planta ante mí, como un verdugo afilando sus armas en mi espalda. El interrogante, sin rostro, siempre vocifera su misma pregunta a través de mis labios; si la perdiera -y pongo en lo cierto que he imaginado esta situación miles de veces-, ¿dónde podría esconderme? ¿Dónde, cuando el peso de un mundo entero no encontraría barreras en unos hombros desvalidos, ensombrecidos sin la caricia de esa mano?
No habría vida para esta muerte en ningún rincón de la noche.
Pero no. No hay noche en el refugio de esta llama; de nuevo el interrogante se desvanece.
El beso de su llamada sigue despuntándome el alma.
Allí alzamos nuestra eternidad. Allí nuestros cuerpos dejaron de ser mármol pulido para ser carne moldeada al hueso, arteria y vena meciendo suavemente la sangre de un único latido; trascendencia sobre toda materia.
Allí nací por primera vez. Había creído llevar muerta todo aquel tiempo, y lo que nunca había sabido ver era que yo jamás había vivido. ¿Quién, entonces, podría arrancarme de aquella nueva mortalidad? Las ausencias más breves entumecían mis músculos y los helaba en piedra si no la sentía, si no podía abrir con mis dedos el amanecer de sus labios. No, no había carros dorados ni caballos desbocados en aquel acto sagrado de realidad recién florecida; sus rosados labios eran la única puerta del alba para mí.
En ocasiones la quise alcanzar. Quise arder en sus llamas y cuanto más me quemaba más ansiaba arder en aquella vida única y real que su abrazo me había proporcionado. Solo podía desear vernos en el centro de la llamarada, porque, ¿qué es el amor sino fuego en el alma y en la vida infierno, como decía aquel poeta barroco condenado a la dramaturgia?
Todavía hoy cuando la veo desnuda, en alma viva, mi propia alma tiembla y se serena embriagada de sensaciones que se entrelazan y besan como los dedos y la piel en el roce de una caricia. Esos momentos son una condena apacible, una cadena que cualquiera se ataría alrededor del cuello con tal de no alejarse demasiados centímetros de su suspiro y de la calidez que desprende el aire que la pasa de largo, incapaz de contenerla en su ingrávido aliento.
Aún hay veces que el miedo del interrogante se planta ante mí, como un verdugo afilando sus armas en mi espalda. El interrogante, sin rostro, siempre vocifera su misma pregunta a través de mis labios; si la perdiera -y pongo en lo cierto que he imaginado esta situación miles de veces-, ¿dónde podría esconderme? ¿Dónde, cuando el peso de un mundo entero no encontraría barreras en unos hombros desvalidos, ensombrecidos sin la caricia de esa mano?
No habría vida para esta muerte en ningún rincón de la noche.
Pero no. No hay noche en el refugio de esta llama; de nuevo el interrogante se desvanece.
El beso de su llamada sigue despuntándome el alma.
martes, 6 de mayo de 2014
22.22
mi identidad
-sin nombre ni rostro que verbalizar
o ser recordado-
en este espejo de ojos
parece saberse viva
quizá sea en mi lengua
en esta lengua tan mía que desconozco
y que me define o garabatea
quizá en ella, viciosa absurda,
ramera desconocida sin ropas cuando se le antoja
quizá en ella pueda esconderme
y abrazar mi cuerpo antiguo que tiembla
desnudo, sin piedad
sin nombre ni identidad posible
-sin nombre ni rostro que verbalizar
o ser recordado-
en este espejo de ojos
parece saberse viva
quizá sea en mi lengua
en esta lengua tan mía que desconozco
y que me define o garabatea
quizá en ella, viciosa absurda,
ramera desconocida sin ropas cuando se le antoja
quizá en ella pueda esconderme
y abrazar mi cuerpo antiguo que tiembla
desnudo, sin piedad
sin nombre ni identidad posible
lunes, 28 de abril de 2014
Le chat
"Ven a mi amante pecho, gato mío;
guarda las garras de tu pata,
y hundirme déjame en tus bellos ojos,
mezclados de ágata y metal.
Cuando a gusto mis dedos acarician
tu cabeza y tu lomo elástico,
y mi mano se embriaga del placer
de palpar tu elétrico cuerpo,
creo ver a mi dama. Su mirar,
igual que el tuyo, amable fiera,
frío, profundo, corta como un dardo,
y, de los pies a la cabeza,
aire sutil o aroma peligroso,
nadan en torno al cuerpo bruno."
Charles Baudelaire
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