domingo, 27 de febrero de 2011

Los testigos


Tres gotas de sangre y nada más.
Sólo fuerza desbocada en el labio
y ceniza sin sueño en la mirada.

Nada más.
Sólo un sonido de mil pianos a lo lejos
dando nombre al silencio mudo
del abismo.

Un llanto de mil rumores a lo lejos,
tres gotas de sangre, y nada más.
Sólo ceniza que cae dormida
desde los difuminados ojos
de los testigos.

Y nada más, he dicho.





Obra: "Los testigos", Ignacio Hábrika.
Texto: Judith Lázaro.

sábado, 26 de febrero de 2011

Diálogo.

- Se está perdiendo todo.
Las formas puras,
los motivos, la esencia.
Todo lo que nos hacía ser.

- ¿Es que ya no somos?

- Fuimos, más bien.
Como humo disperso
en el aire: nos vieron
pero ya nadie nos ve.
Estamos dejando de ser
tan lentamente
que no nos damos cuenta.

- Pero estamos aquí.

- Estamos aquí, es cierto.
Pero ya no estamos.
Somos como aquel momento
tan fuerte e intenso
que tanto deseamos que llegara
y ya es recuerdo.
Somos un 18 cumpleaños
cincuenta años después,
la caricia de la mañana
en la eternidad de la noche;
polvo en las manos.

- No tiene sentido.

- No, no lo tiene.

viernes, 25 de febrero de 2011

miércoles, 23 de febrero de 2011

Descanso.

Descansa el pecho en su tremendo vacío,
en la hecatombe del silencio,
en la rotura de la palabra en el labio.
Descansa el alma en el hueco de las manos,
en su apacible remanso,
en la tranquilidad del agua que éstas acogen.

Descansa la vida en el hueco del vacío,
en el remanso del silencio,
en la rotura de tranquilidad acogida en el labio.

Vacío.

Y entonces, llegó el vacío.



[...]

domingo, 20 de febrero de 2011

Cuchillo.

El invisible cuchillo de la mentira,
desvanecido ante tus ojos,
se posa tras tu espalda.

sábado, 19 de febrero de 2011

Recuerdo.


Barcelona de noche se nos cae encima
pero el reloj no se para; cae también.
Un abismo temporal nos aleja del infinito
(con lo que yo luché por no ser recuerdo).

Barcelona es un edificio enorme con malos cimientos
que se derrumba sobre nuestras ideas sin orden.
La distancia es una fisura de tiempo en la memoria
(con lo que yo luché por no ser recuerdo).

viernes, 18 de febrero de 2011

Gacela VII. Del recuerdo de amor.

No te lleves tu recuerdo.
Déjalo solo en mi pecho,

temblor de blanco cerezo
en el martirio de enero.

Me separa de los muertos
un muro de malos sueños.

Doy pena de lirio fresco
para un corazón de yeso.

Toda la noche, en el huerto
mis ojos, como dos perros.

Toda la noche, comiendo
los membrillos de veneno.

Algunas veces el viento
es un tulipán de miedo,

es un tulipán enfermo,
la madrugada de invierno.

Un muro de malos sueños
me separa de los muertos.

La niebla cubre en silencio
el valle gris de tu cuerpo.

Por el arco del encuentro
la cicuta está creciendo.

Pero deja tu recuerdo,
déjalo solo en mi pecho.

Federico García Lorca


Qué intensidad, qué fuerza, qué gran persona. Qué pena que la intolerancia y la ignorancia callaran una voz tan fuerte y sincera como la suya (al igual que la de muchísimos otros).












Hasta siempre, poeta.

II

Te quise romper en pequeños trozos
por toda la sangre en las palabras,
por el peso de cada día en la mirada.
Te quise romper en pedazos diminutos,
como se rompe el pecho en cada suspiro,
como se destroza la inocencia en el reloj.
Pero con toda la rabia pegada a los pasos
me di cuenta, terriblemente tarde,
de que ya llevabas rota demasiado tiempo.

jueves, 17 de febrero de 2011

I

Devastadora
como la mano del volcán,
que todo lo coge
y todo lo lleva.

Te vas y no vuelves,
pero me arrastra tu huracán.
Y ahora que quiero seguirte
no te alcanzo,
no me dejas.
Me desechas en la lejanía
de tu oscuridad sin Luna.

Eres un contraste
de blancos y negros
disperso en acuarelas,
y te derrites en el día
como la luz del Sol
que se vierte
sobre las montañas.

Leve como la brisa matinal,
e igual de fría,
te vas. Como siempre.
Pero yo resto aquí
como nunca,
en tu helada madrugada.

Tú, sin brillo,
como una más de esas estrellas
que se ven y ya no existen.
Tú, turbiamente nocturna
te pierdes en la gélida noche
que nos tiñe de eternidad.
Pero eres eterna también,
más allá de tus palabras y conceptos.

Acabas con todo lo que te rodea,
intensa, como un fuego.
Como ese fuego
de tu pecho,
ahora en tus manos.
Y aunque me quemas
intensamente,
sigo aquí.
Aquí.
¿No te das cuenta?
Sigo aquí, a pesar de todo.

domingo, 13 de febrero de 2011

Círculo.


Todos nacemos rodeados de un círculo que siempre permanece abierto. Hay personas que se marchan de él, y en su lugar van entrando nuevas que calman, en parte, el dolor que la partida de las anteriores pudo causar.
Ese círculo nunca se cierra. 
Y las heridas tampoco.

sábado, 12 de febrero de 2011

Girona.


Pequeña y blanca magia abrazada por mantos azules.


Belleza y barcas atrapadas entre costas y calas.


El pedregoso fin del mundo...


... y la puesta de Sol, como una erupción de las montañas.


Breve explicación gráfica de lo que fue el verano de 2010, en Girona.

viernes, 11 de febrero de 2011

Esperpento.

"MADAMA COLLET.
Otra puerta se abrirá.


MAX.
La de la muerte. Podemos suicidarnos colectivamente.

MADAMA COLLET.
A mí la muerte no me asusta. ¡Pero tenemos una hija, Max!

MAX.
¿Y si Claudinita estuviese conforme con mi proyecto de suicidio colectivo?

MADAMA COLLET.
¡Es muy joven!

MAX.
También se matan los jóvenes, Collet.

MADAMA COLLET.
No por cansancio de la vida. Los jóvenes se matan por romanticismo.

MAX.
Entonces se matan por amar demasiado la vida."




Luces de bohemia, Ramón María del Valle-Inclán

jueves, 10 de febrero de 2011

Hogares y familias.

Esta mañana he vuelto a mi antiguo patio.
Es curioso, pero hace menos de un año pasaba allí mis mañanas. Y es curioso también pensar que, en primero de la ESO, para mí ese lugar no tenía la más mínima importancia.

Durante el verano de 2006 (si no recuerdo mal), mi madre nos llevó a Óscar y a mí a visitar lo que iba a ser nuestro nuevo “centro de estudios”. Al pensar en ese día sonrío con una gran nostalgia, pues mi madre dijo satisfecha “aquí está tu nuevo colegio”, y yo (pobre de mí), le contesté: “¿dónde?”.
“¿Dónde?”. Allí únicamente pude ver un garaje pintado de verde. Mi madre insistió, señalándome dicho garaje, y me sentí profundamente decepcionada al darme cuenta de que aquello iba a ser mi futuro colegio. A decir verdad, mi decepción fue creciendo a medida que me iba adentrando en aquel curioso lugar, en el cual no había ni patio, ni gimnasio, y en el que (a diferencia del resto de institutos) sólo había una clase para cada curso.
¿Cómo me ha podido meter mi madre aquí?”, pensé. Acababa de salir del colegio público Ramon Llull, un lugar grande, amplio, infinito ante los ojos de cualquier niño. Es cierto que aquel centro no creó en mí ningún tipo de lazo “inquebrantable” hacia él, pero aún así, fue mi escuela durante muchos años (ocho, exactamente).
Y de repente me encontraba allí. Delante de un garaje verde, con una cara de incredibilidad digna de la mejor bofetada.

Al empezar las clases, la cosa no mejoró demasiado. La primera impresión del instituto no fue buena, pero la segunda fue peor si cabe. Me encontraba en medio de una aglomeración de gente dispersa en aquel sitio laberíntico, acompañada de extraños y con unos profesores que, a simple vista, daban miedo.
Sentía que aquel pequeño lugar se me hacía grande. Todo era demasiado “adulto”, pero la verdad es que con los años te das cuenta de que esa es la típica sensación que se tiene cuando se es pequeño.

El tiempo empezó a pasar como una suave brisa. Era casi imperceptible, pero todo iba avanzando con una rapidez que no éramos capaces de notar. Los días se hicieron semanas, las semanas meses, y así pasaron cuatro años.
Los cuatro mejores años de mi vida.
Cuando me acostumbré a estar allí día tras día, me di cuenta de que aquel sitio era mi hogar. Un hogar pequeño y desastroso, pero cálido y acogedor a la vez. Si me encontraba mal, me sentaba en el borde de la entrada del lavabo hasta que se me pasaba. Si sentía algún tipo de incertidumbre, siempre había alguien para hablarlo y para sacarme una sonrisa.
Éramos una pequeña piña que nadie podía partir.
Allí he perdido y he ganado buenas amistades. He conocido a los mejores profesores del mundo, he aprendido a ser mejor persona y he sido feliz como nunca.
Parece mentira, pero aquel centro se convirtió en mi vida entera.
Y en cuarto de la ESO, cuando ya era plenamente consciente de todo lo que significaba Nuestra Señora del Mar – García Lorca para mí, me di cuenta de que aquello se acababa. Se acababan los paseos por los pasillos, los ratos en la sala de profesores, los días de gimnasia en el Estruch, las risas en Pau Casals (nuestro patio de tercero y cuarto)... se acababa todo.
Y por mucho que quisiera aferrarme a esas paredes, el tiempo era un juez implacable que ejercía su peso sin excepciones.
Admito que irme de allí me dolió en lo más profundo del alma. Sentí como si me hubieran partido por la mitad para dejar en esas clases una parte de mí. Pero es ley de vida. Estamos de paso, y Nuestra Señora del Mar era un lugar más por el que debía pasar.


Ahora estudio primero de bachillerato en un nuevo instituto mucho más grande, con patio, con gimnasio, con varias plantas y hasta con ascensor. Pero no es lo mismo. Cuando estoy en mi nueva clase, no hago más que pensar en la anterior. Cuando veo a los profesores me siento bien, porque admito que son unos profesionales excepcionales, pero no es lo mismo.
Nada es lo mismo.
Este es un lugar bonito, sí. Y frío. Somos un puñado de desconocidos que deambulan de arriba a abajo sin dirigirse una triste mirada. En este edificio sin alma todo es muy distante, y no soy capaz de encontrar ese toque especial que pude hallar en aquel curioso garaje. Porque lo importante no son las apariencias. Ese colegio era una ruina, sí. Pero que sea más o menos bonito no implica que sea mejor o peor. Y aquello podía ser un desastre aparentemente, pero su calidad y su humanidad eran inigualables.
Por eso, cuando la gente me pregunta “¿qué instituto me aconsejas tú para meter a mi hijo/a?”, contesto: “llévalo/a a Nuestra Señora del Mar, porque yo he estudiado allí y, si me dieran a elegir, volvería a hacerlo un millón de veces”.



Esta mañana he vuelto a mi antiguo patio.
Es curioso ver cómo pasa el tiempo, pero por unos instantes me he sentido como si ese incesante “tic tac” no hubiera hecho tantos estragos en mi vida. He estado tomando un café con dos profesoras maravillosas, sentada en aquel bordillo de Pau Casals. Aquel bordillo de siempre.
Y al estar allí, he sentido una calidez y un agradecimiento que no soy capaz de expresar con palabras, y me he dado cuenta, además, de que Nuestra Señora del Mar sigue siendo mi hogar y lo seguirá siendo siempre.
Me he dado cuenta que allí sigo teniendo una familia.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Café.

Tu mente estaba empañada como un gran cristal. Hablabas y dejabas fluir la conversación sin tener muy claro que realmente lo estabas haciendo. Todo era como un sueño extraño y abstracto, como una realidad que no existía más allá de tu imaginación.
Pero estabas allí. Como siempre, después de tanto tiempo.
Sentías tu corazón, como un fuerte tambor que aumentaba su sonido con cada palabra. Cada vez más y más fuerte.
Temías que tu pecho se llegara a romper.
Entre tanto rítmico golpe, sus ojos de café te miraban, sonrientes como sus propios labios. Es curioso, no sientes amor ni nada que se le asemeje hacia esa mirada, pero verla es algo que siempre te ha provocado una gran inquietud (mezclada con un profundo agradecimiento).
Entonces un sonido ajeno al del diálogo alzó su volumen, siendo lo único que podías escuchar.
Algo se quebraba. Algo en ti se estaba rompiendo.
Y es que el tiempo hace estragos en las personas. Tu cariño por esos ojos sigue intacto y duerme tranquilo en tu costado izquierdo. Aún así, no sabes qué eres ahora para esa persona.
Te quedaste mirando sin hablar. Su mirada te hacía mil preguntas que no llegaban a nacer de su boca, y tú no eras capaz de responder. Te quedaste en blanco, como un muro que se alzaba y del cual no se podía ver el final.
Algo en tu interior gritaba con fuerza. Querías decir un “te echo de menos”, un “no te he olvidado” y podrías haber implorado durante cien años que no te olvidara a ti tampoco.
Pero las personas somos idiotas. Planeamos tanto las cosas, que cuando no salen como esperamos, nos perdemos.
Y tú te habías perdido.
Sólo querías saber si se acordaba de ti. Pero se cerraron todas las puertas, resguardando con su metal aquella respuesta a una pregunta no realizada.

martes, 8 de febrero de 2011

Hoy

La ventana está abierta
y todo está azul tras ella.
Los pájaros regresan ya,
cansados del invierno.
Hoy tienen ganas de vivir.
Hoy tengo ganas de vivir.

La ventana sigue abierta
y una blanca nube se cuela
por el cristal que la refleja.
Hoy todo tiene un “algo”
especial, como la propia vida.

La ventana está cerrada
y la noche sobre los campos
con suavidad se derrama.
Hoy quiero abrir esa ventana.
Hoy tengo ganas de vivir.





Hoy y cada día, por supuesto. La cuestión es que hoy hace 17 años empecé a vivir. Felicidades a mi madre, y felicidades a mí misma.

lunes, 7 de febrero de 2011

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T. conoció a O. en el ambiente escolar, aunque tardaron un tiempo en llegar a hablarse. Empezaron a hacerlo en segundo curso, en septiembre (y digo “hablar” en un sentido amplio, puesto que anteriormente se limitaban a saludarse como simples conocidos, cosa que cambió a partir de entonces).
A partir de ese momento, fueron inseparables... por un tiempo.
Sus pensamientos fluían por distintos ríos, pero navegaban a un mismo ritmo, el cual se encontraba muy lejos del compás de sus amigos y compañeros. Un ritmo sereno, regular y apaciguado, pero musical y armonioso a su vez.
Fueron dos pequeños ríos que se juntaron en uno.
Los días pasaban entre risas, reflexiones y demás, y ese lazo que les unió se empezó a hacer más y más fuerte.
Eran invencibles. O eso era lo que T. pensaba.
Los meses venideros trajeron a O. muchísimos problemas que le llevaron a la desesperación. T. pasó con él todos sus quebraderos de cabeza, como si esos pertenecieran a ambos. O., al no encontrar solución a aquellos problemas, empezó a cambiar.
El cambio fue pequeño y casi imperceptible al principio. Aún así, T. fue capaz de percibirlo, y advirtió a O. de que aquellos actos no iban a solucionar las cosas. O. lo sabía perfectamente, y prometió a T. que todo aquello no iba a durar demasiado.
Pero parece ser que duró más de lo previsto.
O. pudo solucionar aquello que le torturaba y que le cegaba con una pasión infinita los sentidos. O al menos, parecía que lo había solucionado, pero al poco tiempo los conflictos volvieron a atravesarle. Y aquella vez no fue como la anterior.
Y entonces, en los ojos de O. se empezó a dibujar una tristeza profunda e irreversible que no encontraba fin. T. intentó hacer todo lo que pudo por aquel que era como un hermano, pero todo no era suficiente.
Y las cosas se empezaron a torcer cada vez más.
O. estaba fuera de control y T. no sabía qué hacer. Y en realidad, no sabía qué hacer porque no había ya nada que hacer.
En esta historia también debemos incluir a I., que era gran amiga tanto de O. como de T., y vivió el sufrimiento de ambos como el suyo propio. Tanto I. como T. hacían lo posible por curar el daño de O., pero ese daño era tan descomunal que acabó consumiendo a ambas. O. también se consumía, pero no quería aceptarlo.

La locura de O. llegó a puntos extremos y se apoyó en vicios para sacar esa locura de sus pensamientos. Pero el olvido que conseguía era momentáneo, fugaz, y al poco tiempo volvía a encontrarse sumergido en su miseria. Al verse así, su mente interpretó que si aquellos vicios horribles le aportaban pequeñas dosis de felicidad, debía aumentar la cantidad de éstos para aumentar también su bienestar.
Pero no era así. No lo era, y T. siempre pensó que O. lo sabía, pero no lo quería ver.
Aquel dolor consumió a los tres como el fuego consume a las velas. Entonces apareció D., quien dijo con un dolor profundo a T.: “Ya has perdido a O., y no creo que vuelva jamás”.
T. sintió un gran pesar en el pecho, y únicamente pudo contestar con unas amargas lágrimas. Aquello que parecía tan simple era algo que T. sabía de sobras, pero se negaba a pensar que había perdido a alguien tan importante como a O.
A pesar de ello, tuvo que aprender a aceptarlo. Y poco a poco, tanto T. como I. se fueron alejando de aquel que había significado tanto en sus vidas.

Al cabo de un largo tiempo, sus heridas fueron sanando, y cada vez se fueron apartando más de O., como quien poco a poco deja de escribirse.
Un cambio imperceptible al principio, sí. Pero las cosas pequeñas acaban creando algo grande, algo frío. Igual que le había pasado a O.
T. e I. vieron cómo O. seguía despedazando su vida, pero entendieron que no podían hacer más de lo que habían hecho. Y con gran dolor, fueron alejando al actual O. de sus pensamientos, quedándose únicamente con el O. que recordaban con cariño.



Actualmente, ni T. ni I. hablan con O., puesto que O. es una persona completamente diferente encerrada en el cuerpo de aquel chico de antaño. Y aún sabiendo todos los destrozos que O. está haciendo con aquello que fue su vida, T. e I. no pueden evitar echar la vista atrás con nostalgia, recordando aquellos días felices que se fueron borrando bajo sus pasos.

domingo, 6 de febrero de 2011

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"Quizá nunca hemos sabido lo que es la poesía"

Salvador Espriu


Tratemos pues de descubrirlo a base de versos.

sábado, 5 de febrero de 2011

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Y llorar como lloran los árboles
hojas secas en otoño.

viernes, 4 de febrero de 2011

El robo.

A veces sentimos una soledad, un desmoronamiento, un desgarro interior tan fuerte, que parece que alguien nos haya rajado el pecho de arriba a abajo para acabar extrayendo nuestro corazón.
Y permanecemos así, con el pecho descosido, vulnerables a todo lo que nos rodea. Los daños menores se convierten en dolores descomunales, las suaves brisas desempeñan tremendos vendavales que arrasan con todo lo que se interpone en nuestro camino.
Y nuestro pecho sigue así. Sin sangre, sin cicatrices. Pero abierto de par en par como una vieja ventana.
Entonces, todo el mundo quiere asomarse por ese ventanal. Aunque para ellos no seas más que un cuerpo con un gran vacío en el pecho. Aunque no seas más que un puñado de nada, todos quieren contemplar aquello que se encuentra roto tras tus cristales.


Pero para su sorpresa, no hay nada.
Ya no hay nada.

jueves, 3 de febrero de 2011

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Este mundo es el camino
para el otro, qu'es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar;
partimos cuando nascemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que feneçemos;
assí que cuando morimos,
descansamos.

Jorge Manriqu
e


Tengo 16 años hasta el martes que viene.
Recuerdo que hace casi diez años, el día 7 de febrero (la noche anterior a mi cumpleaños), decidí que no iba a cumplir los siete. Fue una decisión rotunda que tomé sentada en la cama de mi madre, entre lágrimas. La verdad es que no recuerdo por qué me negaba a cumplirlos, pero sí que tengo presente un profundo sentimiento de asfixia, de ahogamiento en un vaso de agua.
Decidí que no quería hundirme en ese vaso llamado “tiempo”.
Pero, lógicamente, ese día llegó. Y con todo el dolor del que disponía, cumplí los siete años.

Pensar en todo aquello me ha robado una gran sonrisa esta mañana. Quería evitar el paso del tiempo con todas mis fuerzas, y ya hace casi diez años de aquello. Entonces era demasiado pequeña como para entender que aquella agua contra la que luchaba contaba con una fuerza que no podía combatir.

Tengo 16 años hasta el martes que viene.
Hoy me he sentado en la cama de mi madre, y he echado la vista atrás. Quiero vivir, disfrutar, cometer cientos de errores y aprender de ellos. Quiero sentirlo todo intensamente, y quiero también escribirlo con la misma o con mayor intensidad. Hoy por hoy quiero beber el agua de ese vaso, sin prisa pero sin pausa. Sin ahogarme, sin que nada pueda sobrepasarme.
Sé que ese vaso del que bebo algún día se acabará y ya no tendré más agua para beber, pero hasta que ese día llegue, saciaré mi más profunda y vital sed.

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Eres como una flor cerrada
bajo el estruendo de la tormenta.
Para J.R.P

miércoles, 2 de febrero de 2011

Al mal cuidador


Entre grandes sueños llenan las quejas
tu horma, de fugacidad lisonjera.
Y tu mente, por querer ser primera
ya resta encerrada entre pobres rejas.

Cayéronse de tu casa las tejas
por tan poco cuidadas, y así fuera,
siendo estas sangre y cárcel verdadera,
cayeron por descuido y no por viejas.

Camina ora con cautela, hombre sabio,
que no es cierto todo cuanto se toca
ni es cierto el daño enorme de tu agravio;

la verdad que en gran dolor desemboca
se piensa aunque no sale por el labio,
pues no todo se muerde con la boca.

.


La escritura apareció en mi vida como un rayo de luz en un día nublado. No recuerdo exactamente cómo fue, aunque admito que ese brillo ha formado parte de mi vida desde entonces, y sigue aquí en el día de hoy.
Al escribir, me he dejado llevar como si otra persona escribiera por mí. Al principio no era algo fluido, pero poco a poco el bolígrafo se convirtió en una extensión más de mi cuerpo (la cual, en ocasiones, parecía incluso independiente). Sin saberlo (y sin apenas darme cuenta), esa “extensión” me permitió sacar a flote cosas que no podía entender, cosas que me torturaban y me arañaban el pecho pretendiendo salir de éste con fuerza. Gracias a ello, he descubierto grandes pasiones que dormían en mi interior y esperaban ser despertadas, al igual que pensamientos abstractos que, poco a poco, han ido tomando forma.
Escribir me ha ayudado a conocerme. Y también me ha ayudado a conocer a gente magnífica.
Gente con la que he podido intercambiar versos, opiniones y sinceros momentos de reflexión. Personas con la sensibilidad tan a flor de piel, que las hojas donde se derraman quedan perfumadas con sus profundos sentimientos. Almas espléndidas que me han abierto el corazón y que han reservado un rinconcito para mis jóvenes pero firmes palabras.
A esas personas conocidas, gracias. Y a las que quedan por conocer... bienvenidas seáis.


Espero que la escritura siga despejándonos este nebuloso camino.

martes, 1 de febrero de 2011

Collige, virgo, rosas.

"Coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre."

Garcilaso de la Vega


Una tristeza infinita se derrama en tus ojos,
y el corazón abierto deja salir todo el dolor
que empañaba tu mirada.
Sé muy bien que dejaron de brillar tus ilusiones,
y que no suenan pianos ni violines en tu horror
ya difundido en el alba.
Pero allí, donde tu alma cree que todo está perdido,
¿no lo oyes? Te llama a gritos una nueva esperanza
esperando una respuesta.
No enmudezcas tan pronto, dulce y viva primavera,
aferra verdes tus hojas a todas esas ramas,
encuentra en ríos tu calma.
Cubre en la noche tu extraño temor con el rocío.
Eres joven para sufrir, pero no para dudar
sobre aquello que se acerca.
Con el tiempo entenderás que todo aquel nuevo temor
eran obstáculos por superar. Ahora, vive.
Y “collige, virgo, rosas”.